miércoles, 29 de junio de 2016

Lo que no me quisiste contar. Presentación







                                        https://www.youtube.com/watch?v=LHnsCPGqLo







Para quien quiera.

Sobre Lo que no me quisiste contar.
Sobre la trama del robo de niños en España.
Durante seis décadas y hasta hace muy poco. 

Sobre ayer, sobre hoy.








El muro (The Spanish wall).

Busco a mis niños. A todos. Me los arrebataron durante la dictadura y sobre todo durante estos años de democracia. A lo largo de más de seis décadas. No llevo la cuenta, pero es muy probable que mi primer hijo naciese en una cárcel franquista porque yo era republicana y me encerraron por serlo. En aquella época, nací pobre o puta o no rezaba como dios manda o no comulgaba con las ideas del régimen o era gitana. O sencillamente no gustaba. Me enjaularon porque pintaba imperfecta. Posee un gen rojo que ha de ser extirpado, concluía el estudio. Lo intentaron, lo hicieron. Y perdí mi nombre. Pasé a ser paja y me arrancaron de cuajo todas las semillas que había ido plantando. Una a una, entre mentiras y burlas. Por ley fueron a parar a otras tierras templadas por idéntico astro. Se regaron con escogidas aguas, aguas que seguían la corriente, turbias, hasta desembocar en casas cuna, en hogares, guarderías y jardines maternales. Auxilio social, la beneficencia de entonces. La tapa. Desde allí mis niños viajaron, lejos o cerca, sin yo quererlo ni consentirlo. Nos descosieron. Desviadas de dios, de la patria y de vuestros maridos. Dadnos las gracias, exigían.  Me estáis robando a nuestros hijos, gritamos. Pero el bullicio de la calle engulló el ruido. Se encendieron algunas luces. Siluetas sin bocas, ni ojos, ni orejas dando vueltas alrededor de la plaza bajo un sol justiciero. En las paredes, dibujos borrados y el papel del revés. Níveo, sin restos. ¿Y entonces? Entonces, y con la obra en el horizonte, entró en juego una carta que cortó  en dos la baraja. Entre depuración de la raza y moral de los tiempos, germinó don dinero. Un naipe sobado por manos orondas, pacidas a besos, enredadas en rosarios. Quise rezar. Rogué que virasen los vientos. Desfilaban marionetas. Pero no se cortaron los hilos tras la muerte del dictador. Por eso, cuando barnizaron las sillas, solo pedí este deseo: No pierdas la esperanza, un hijo es para siempre. Y cuando recién parida de nuevo besé una mejilla congelada, diminuta y extraña, quise saberlo. Imposible entre caricias de monja y sentencias de médico. Lo siento, no hemos podido hacer nada, gimieron. Experimenté de nuevo el vacío. El eco de un llanto lejano. Al oírlo, evoqué mi celda de antaño y conseguí recordar el lecho de aquel primer parto. Pero me juzgué vieja, cansada, prácticamente agotada. Anestesiada. Lo percibía todo borroso, puertas cerradas, pomos congelados, mensajes disfrazados de adulteradas promesas. El mismo paisaje invisible que aparece en los libros de historia. Con las mejillas saladas, en un duermevela sentí el peso de la pisada del tiempo, de vuestras ausencias, del duelo silenciado. Y al despertar, me encontré en el momento presente, aquí y justo ahora. Haciendo memoria.



















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